viernes, 11 de marzo de 2016

Carta al Cristo del Amparo



Nunca había podido contemplar directamente, la figura de un Cristo que, casi sin pedir permiso, pudiera llegar con tanto ímpetu hasta lo más hondo de mi ser. El Cristo del Amparo era nuevo, pero me daba la impresión de que siempre había sido el compañero de mi vida, que yo necesito tener a mi lado en todo momento.

Cuando el año pasado me encontré con él por primera vez, no estuve seguro, de inmediato de si era yo quien le veía o si era Él quien me miraba. En un primer momento, no tuve tiempo de reconocer si aquello que me impresionaba tanto era el arte con que había sido revestida su imagen o, más bien, se trataba del Espíritu de Jesús que se había apoderado exhaustivamente de la madera, así tallada intencionadamente. A mi alrededor, se oían espontáneas alabanzas, pronunciadas por personas sorprendidas a causa del raro imán atrayente que se desprendía de la totalidad viva de un Cristo inédito, pues no era como los otros.

Puedo asegurar que yo no fui capaz de sacar de mi mismo comentario alguno. Un nudo no corredizo atenazó mi garganta, pues la emoción de aquella visión inesperada, por lo que tenía de mensaje inmediato e irreversible, me había dejado mudo. Yo, necesitado de ese encuentro suavemente arrollador, anhelaba salir, lo más pronto posible, de mi letargo petrificante y de mi rutina humana y espiritual en que me encontraba, huérfano de frutos de vida en el fondo de mi mochila.

No puedo asegurar que la culpa de ese estado de emergencia, en que me hallé súbitamente, se debiera al fascinante rostro entero del nuevo Cristo del Amparo. Tal vez eran aquellos ojos abiertos a la luz o, acaso sus labios a punto de pronunciar la palabra que siempre había deseado oír. Las manos que apuntaban hacia algo concreto ¿podían ser la causa? Posiblemente pudiera encontrarse también en el dinamismo de su vestido ondulado, movido por el fresco aire de una primavera manchada de esperanza.


En un santiamén quise sacar una conclusión que pudiera ser la verdadera. No eran la cara ni los ojos, ni los labios, ni las manos, ni el vestido los que desde su rica particularidad habían herido mi sensibilidad, hecha ya sangre. No, el verdadero culpable era Él, todo Él, su persona al completo sin perder detalle. Él, en persona, era todo un vibrante mensaje vocacional de renovación, de ánimo y de necesidad de iniciar una nueva aventura conjunta con todos los que quisiéramos caminar con Él hacia delante, invitando a nuestra sociedad decaída a repetir con gozo pascual: “sí, está aquí, otra vez está aquí, con nosotros”. Es el Cristo del Amparo.

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